A más de tres décadas del denominado caso de los polimetales, un nuevo estudio vuelve a poner en alerta la situación ambiental y social de Arica. Investigadores del Departamento de Química de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile detectaron concentraciones elevadas de plomo, zinc, arsénico y otros elementos potencialmente tóxicos en suelos superficiales de distintos sectores de la ciudad.
Los resultados vuelven a poner sobre la mesa una problemática que durante décadas ha afectado a comunidades que viven en zonas donde la contaminación dejó una huella que no desapareció con el retiro de los residuos. Según el estudio, la distribución de estos elementos es compatible tanto con fuentes históricas de contaminación como con actividades urbanas e industriales más recientes.
El origen de parte importante de esta problemática se remonta a mediados de la década de 1980, cuando más de 20.000 toneladas de residuos mineros provenientes de Suecia fueron ingresadas a Chile y depositadas en Arica.
Los materiales fueron presentados como residuos no tóxicos destinados al procesamiento para recuperar oro y plata. Sin embargo, posteriormente se estableció la presencia de metales pesados y los residuos permanecieron expuestos al aire libre, cerca de sectores habitados.
Con el paso de los años, el crecimiento urbano aumentó la exposición de la población. La situación terminó convirtiéndose, durante la década de 1990, en una crisis sanitaria y ambiental, que derivó en el retiro de los residuos, la relocalización de familias afectadas y distintos procesos judiciales.
El nuevo estudio plantea que la remoción de los residuos no necesariamente significó el término de la contaminación. Las concentraciones detectadas en distintos puntos de Arica muestran que todavía existen sectores donde permanece la señal asociada a aquel episodio ocurrido hace más de 30 años.
El académico Carlos Manzano, de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, explicó que el escenario actual es particularmente complejo porque al legado histórico se suman fuentes contemporáneas asociadas a actividades urbanas e industriales.
El investigador también señaló que algunas concentraciones superan valores de referencia internacionales. Aunque este resultado no permite afirmar por sí solo que exista un daño a la salud, sí constituye una señal que justifica mantener la vigilancia ambiental y sanitaria en los sectores identificados.
La historia de los polimetales de Arica demuestra que los problemas ambientales no terminan necesariamente cuando se retira un residuo o se ejecuta una medida de remediación.
Cuando la contaminación se instala durante años en el territorio, sus efectos pueden trascender generaciones y transformar la vida cotidiana de las comunidades. El suelo, el aire y los espacios donde se desarrolla la vida de las personas forman parte de un mismo ecosistema, por lo que la recuperación ambiental debe considerar también la protección de quienes habitan esos territorios.
En este sentido, la nueva evidencia científica vuelve a plantear la necesidad de fortalecer la vigilancia ambiental y sanitaria, mantener información transparente hacia las comunidades y avanzar en medidas que permitan identificar y controlar las distintas fuentes de contaminación.
El caso de Arica también abre una discusión más amplia sobre la responsabilidad frente a los territorios expuestos a residuos peligrosos y sobre la necesidad de aplicar el principio de prevención ambiental antes de que una contaminación se transforme en una crisis sanitaria.
La experiencia de los polimetales deja una advertencia para Chile: los residuos industriales y mineros no desaparecen simplemente cuando dejan de ser visibles. Pueden permanecer en el territorio y redistribuirse, convirtiéndose en parte de una problemática ambiental que exige seguimiento científico, responsabilidad institucional y participación de las comunidades.
Más de treinta años después, Arica vuelve a mirar su suelo y encuentra parte de una historia que todavía permanece bajo sus pies.