Más de diez trabajadores han perdido la vida durante 2026 en faenas vinculadas a centros de cultivo de salmón en el sur de Chile. Las tragedias, protagonizadas principalmente por personal subcontratado, vuelven a poner en entredicho la efectividad de los sistemas de seguridad y la capacidad de fiscalización de una industria que asegura operar bajo altos estándares internacionales. Paralelamente, organizaciones ambientales advierten que el verdadero costo de la salmonicultura también se mide en la degradación de ecosistemas marinos, la sobreexplotación de recursos pesqueros y la creciente presión sobre la Patagonia.
Chile es el segundo mayor productor de salmón de cultivo del mundo, una industria que genera miles de millones de dólares en exportaciones cada año. Sin embargo, detrás de esas cifras existe un modelo productivo que enfrenta crecientes cuestionamientos tanto por sus impactos ambientales como por los riesgos que enfrentan quienes desarrollan labores en centros de cultivo, embarcaciones y faenas marítimas.
Durante 2026, una serie de accidentes fatales volvió a instalar el debate sobre las condiciones en que opera el sector. Entre las víctimas se encuentran buzos, tripulantes y trabajadores embarcados que prestaban servicios para empresas contratistas ligadas a centros de cultivo. El hundimiento del catamarán Koñimo I, que dejó seis fallecidos, junto con otros accidentes registrados en Aysén, Melinka y el estuario del Reloncaví, evidencian una preocupante sucesión de tragedias.
Los hechos han abierto interrogantes respecto de la eficacia de las medidas preventivas y del cumplimiento de los estándares de seguridad que la industria declara aplicar. Para diversos especialistas en seguridad laboral, la reiteración de accidentes graves constituye una señal que obliga a revisar los mecanismos de control, supervisión y fiscalización en una actividad desarrollada bajo condiciones climáticas extremas y de alta complejidad operacional.
El costo oculto de alimentar millones de salmones
Mientras las cifras de producción continúan creciendo, también aumenta la presión sobre los ecosistemas marinos.
Uno de los aspectos más cuestionados es la enorme demanda de harina y aceite de pescado, insumos esenciales para la alimentación de los salmones cultivados.
Para producir estos alimentos se capturan millones de toneladas de peces pelágicos, como anchovetas, sardinas y otras especies que constituyen la base de la cadena trófica marina. La extracción intensiva de esta biomasa reduce la disponibilidad de alimento para aves marinas, mamíferos marinos, peces depredadores y numerosas especies que dependen de estos recursos para mantener el equilibrio ecológico del océano.
Especialistas en conservación advierten que utilizar peces silvestres para alimentar una especie introducida genera una fuerte presión sobre pesquerías que ya enfrentan escenarios de sobreexplotación y disminución de sus poblaciones.
Fondos marinos degradados
A la demanda de biomasa pesquera se suma el impacto directo que generan los centros de cultivo.
Miles de toneladas de fecas, restos de alimento y materia orgánica son liberadas cada año bajo las balsas-jaula, provocando procesos de eutrofización, disminución del oxígeno disuelto y la degradación del fondo marino.
Diversas investigaciones han documentado la pérdida de biodiversidad bentónica y la formación de áreas con severa alteración ecológica en sectores donde la actividad salmonera se ha mantenido durante largos períodos.
Antibióticos y especies invasoras
Otro foco de preocupación continúa siendo el elevado uso de antibióticos para enfrentar enfermedades bacterianas en los centros de cultivo.
A ello se suman los escapes recurrentes de salmones, especie exótica que puede competir por alimento con peces nativos, depredar fauna local y alterar ecosistemas fluviales y marinos donde logra establecerse.
Patagonia: un patrimonio natural bajo presión
La expansión de la salmonicultura ha alcanzado algunos de los ecosistemas más biodiversos y prístinos del planeta.
Fiordos, canales y áreas cercanas a parques nacionales continúan siendo escenario de una actividad industrial que organizaciones ambientales consideran incompatible con los objetivos de conservación de la Patagonia chilena.
Los impactos acumulativos incluyen contaminación orgánica, ruido submarino, tránsito permanente de embarcaciones, alteración de hábitats y una creciente presión sobre especies emblemáticas como ballenas, delfines, lobos marinos y aves oceánicas.
Un debate que trasciende la producción
Las muertes registradas durante este año vuelven a recordar que detrás de la industria salmonera no solo existe una discusión económica.
El modelo también enfrenta cuestionamientos por el costo ambiental que implica transformar millones de toneladas de peces silvestres en alimento para salmones de cultivo, por los efectos acumulativos sobre ecosistemas únicos a nivel mundial y por las condiciones de seguridad que continúan cobrando vidas humanas.
Mientras la industria sostiene que opera bajo estándares internacionales, la repetición de accidentes fatales y la evidencia científica sobre los impactos ecológicos mantienen abierto un debate cada vez más urgente: ¿puede considerarse sustentable un modelo que continúa comprometiendo tanto la biodiversidad marina como la seguridad de quienes trabajan en ella?
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