Chile enfrenta una nueva catástrofe por megaincendios en el sur. Desde organizaciones sociales y comunitarias de los territorios afectados, así como desde diversas expresiones de las ciencias, señalan al modelo forestal de monocultivo como responsable: reduce el agua, aumenta la erosión, es emisor neto de carbono y crea paisajes homogéneos altamente inflamables. Exigen un cambio urgente.
Chile vive, una vez más, una catástrofe ecológica y social de proporciones históricas. Desde el 17 de enero de 2026, incendios forestales de origen aún no determinados avanzan sin control por comunas de las regiones de Ñuble, Biobío y La Araucanía, forzando la evacuación de poblaciones completas y generando pérdidas de vidas.
Más allá de la emergencia inmediata, voces desde los territorios afectados señalan un culpable estructural: el modelo forestal basado en extensos monocultivos de especies exóticas.
Camila Arriagada, ex Consejera Regional del Biobío, declaró textualmente: “Esto requiere con urgencia, superar el modelo forestal tan desregulado, fuera de la normativa, en donde no puede haber más plantaciones tan cercanas, incluso dentro de las mismas poblaciones”.
“Están evacuando poblaciones completas desde anoche. Hay una pérdida de muy, muy grande. Se han quemado poblaciones completas”, declaró Arriagada. Enfatizando la gravedad del momento.
Un informe pivotal del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), publicado en junio de 2024 y elaborado por un equipo interdisciplinario de científicos*, publicado en El Ciudadano, ofrece la evidencia dura que sustenta estas acusaciones. El análisis es contundente: las plantaciones de pinos y eucaliptos, que cubren alrededor de tres millones de hectáreas en Chile, han tenido un impacto profundo y negativo.
Los investigadores son claros: “Los paisajes dominados por plantaciones de especies exóticas reducen los caudales de agua, y favorecen la ignición y propagación de incendios de mayor envergadura”. Además, el estudio revela que la pérdida de bosque nativo en Chile ha sido “causada en un 38 % por reemplazo de pinos y eucaliptos”.
Contrario al discurso de la industria forestal que promueve estas plantaciones como sumideros de carbono, el informe del CR2 presenta datos del Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero que demuestran lo opuesto. “Como estos cultivos son cosechados en ciclos cortos, el carbono capturado regresa rápidamente a la atmósfera”, explican los científicos, concluyendo que estas plantaciones se comportan como emisoras netas de carbono.
Paralelamente, agravan la crisis hídrica. Su alta demanda de agua por evapotranspiración afecta negativamente los caudales de las cuencas, exacerbando la escasez que sufren las comunidades locales. A esto se suma un grave problema de erosión: la tala rasa y los incendios en estas zonas pueden generar una pérdida de suelo de hasta “31 toneladas por hectárea cada año”, siendo la actividad forestal la principal causa de este fenómeno.
Por: Seguel Alfredo