Organizaciones ambientales, vecinos y especialistas han cuestionado la realización del festival de música electrónica Samsara, anunciado para el próximo 10 de octubre de 2026 en el sector de Chehueque, comuna de Vallenar, en un territorio asociado al fenómeno del Desierto Florido. La actividad contempla 12 horas continuas de música, combinando, según sus organizadores, entretenimiento, naturaleza, turismo y cultura atacameña.
La controversia pone nuevamente sobre la mesa una discusión que trasciende la realización de un evento puntual: ¿cómo compatibilizar el turismo y las actividades masivas con la protección de ecosistemas frágiles y con el derecho de las comunidades a participar en las decisiones que afectan sus territorios?
El Desierto Florido constituye uno de los fenómenos naturales más singulares de Chile. De acuerdo con la Corporación Nacional Forestal (CONAF), durante la primavera pueden emerger más de 200 especies de plantas anuales y geófitas, activadas principalmente por lluvias invernales inusuales y determinadas condiciones de humedad y temperatura.
Bajo el suelo aparentemente árido existe un ecosistema que permanece durante largos períodos en estado de latencia. Bulbos, rizomas, tubérculos y otras estructuras vegetales esperan las condiciones adecuadas para volver a desarrollarse. Por ello, una intervención sobre la superficie puede tener consecuencias que no siempre son visibles a simple vista. CONAF advierte expresamente que no se deben pisar las plantas, salir de senderos ni ingresar con vehículos a sectores de floración.
El valor ecológico del territorio tampoco se limita a las flores. El fenómeno genera condiciones para la presencia de polinizadores, insectos y distintas especies de fauna, formando parte de una red ecológica particularmente adaptada a las condiciones de aridez del norte de Chile.
Uno de los elementos que ha generado preocupación es precisamente la naturaleza del evento anunciado: una jornada de 12 horas de música electrónica.
CONAF establece entre sus recomendaciones para visitar el Desierto Florido no generar ruidos excesivos ni escuchar música fuerte, justamente como parte de las buenas prácticas destinadas a disminuir las alteraciones sobre el entorno natural. En el caso del Parque Nacional Desierto Florido, además, se encuentra expresamente prohibida la generación de ruidos molestos, incluyendo música, gritos y bocinazos.
Esto no significa que toda actividad turística o cultural sea incompatible con la conservación. De hecho, CONAF señala que el uso público de las áreas protegidas debe permitir que las personas conozcan y disfruten sus valores ecológicos sin afectar los objetivos de conservación. El desafío está, por tanto, en determinar bajo qué condiciones una actividad puede desarrollarse sin transformar un ecosistema frágil en el escenario de un espectáculo masivo.
El Desierto Florido posee además una dimensión económica y social. La llegada de visitantes puede generar oportunidades para emprendimientos locales, pequeños servicios turísticos, alojamiento, gastronomía y actividades vinculadas a las comunidades de la Región de Atacama.
La propia CONAF recomienda preferir servicios turísticos registrados en SERNATUR como una manera de apoyar la economía local. En paralelo, durante 2026 se han desarrollado iniciativas orientadas a fortalecer el turismo de intereses especiales, la educación ambiental y la conservación en áreas protegidas de Atacama.
La discusión, entonces, no necesariamente pasa por enfrentar turismo y conservación como conceptos opuestos. El debate está en qué modelo turístico se quiere impulsar, quiénes participan de sus beneficios y cuáles son los límites que deben establecerse cuando la actividad económica se desarrolla sobre ecosistemas particularmente vulnerables.
Desde la agrupación No Más Zonas de Sacrificio, según consignó El Ciudadano, cuestionaron la realización del festival y calificaron la iniciativa como una expresión de “extractivismo turístico” y de “negligencia institucional”. La organización plantea que el territorio debe ser protegido frente a actividades que puedan privilegiar el entretenimiento por sobre la conservación.
Estas expresiones forman parte de una controversia pública y corresponden a la posición de dicha organización. Por su parte, los organizadores del festival han señalado que promoverán recomendaciones para una visita responsable, incluyendo el uso de caminos habilitados, evitar el ingreso de vehículos a sectores de floración, no cortar especies y no pisar las flores.
El contraste entre ambas posiciones deja planteada una pregunta relevante: ¿son suficientes las recomendaciones de comportamiento individual cuando se trata de una actividad masiva y planificada durante un período de floración?
La discusión sobre Samsara ocurre en un contexto donde el Desierto Florido ya enfrenta presiones derivadas del aumento del interés turístico. CONAF ha debido realizar llamados públicos a proteger las especies nativas y denunciar prácticas como el ingreso de vehículos a sectores no habilitados, la manipulación de flores y el pisoteo de plantas.
La fragilidad del fenómeno radica precisamente en que aquello que parece un paisaje vacío durante buena parte del año esconde vida bajo la superficie. El paso de vehículos, las alteraciones del suelo, los residuos, la perturbación de la fauna y el ruido pueden adquirir una dimensión diferente cuando se concentran en un ecosistema de características excepcionales.
Por eso, la controversia en torno al festival también puede ser entendida como una oportunidad para discutir qué significa visitar un territorio natural sin convertirlo necesariamente en un producto de consumo turístico.
El Desierto Florido no es solamente un paisaje para fotografiar. Es un fenómeno ecológico que depende de ciclos naturales, contiene especies nativas y endémicas y constituye parte del patrimonio natural de Atacama.
En medio de la floración, la pregunta que queda abierta no es solamente si se puede realizar un festival en este territorio, sino qué límites está dispuesta a establecer la sociedad para que el turismo, la cultura y la actividad económica puedan convivir con la conservación de la naturaleza y con las comunidades que habitan estos territorios.
Porque frente a un fenómeno que puede tardar años en repetirse, la responsabilidad de quienes visitan el Desierto Florido comienza antes de poner un pie sobre sus flores.